Volver a dialogar

Una de las cosas que más me ha llamado la atención de estos textos revisados para la sistematización de experiencias educativas, ha sido el problema de fondo, la falta de diálogo entre dos mundos que parecen no encontrarse. 
En una de sus caricaturas, el gran dibujante Liniers, nos muestra a un grupo de personas caminando para todos lados con los oídos tapados mientras gritan, la leyenda abajo dice: “Las cosas siguen igual en el país donde todos tienen la razón”, un fiel reflejo de lo que estamos viviendo, un lugar donde todos hablan y nadie escucha.
Hemos visto en el último tiempo las consecuencias de la falta de diálogo en nuestra sociedad, nos enfrentamos a diario a un entorno en el que todos se creen dueños de la verdad, transformando al otro en un enemigo si es que piensa distinto. Dejamos de ver en colores para volver al blanco y negro, sin matices, lo que provoca un quiebre social humano, que se refleja en la agresividad y violencia que tanto nos llaman la atención.
En los colegios la situación no parece ser muy distinta, siendo un reflejo de la sociedad, se han transformado en ambientes agresivos, convirtiéndose en uno de los grandes problemas para padres, apoderados, profesores y directivos, quienes a diario deben lidiar para enseñar en un entorno muchas veces hostil y sino, por lo menos, con graves problemas de comunicación no solo entre los estudiantes.
Debemos volver al diálogo, aprender a conversar para enseñar a tolerar y escuchar, fomentando un ambiente escolar positivo, con un debate respetuoso para resolver discrepancias, entendiendo y respetando los derechos, pero también asignando responsabilidades para enfrentar proyectos comunes, buscando el equilibrio como valor fundamental para el desarrollo escolar en el aprendizaje.  
No nacimos dialogando, sino que lo fuimos aprendiendo, por lo tanto hay que entender que existen múltiples referentes para los niños, desde la familia hasta sus profesores y amigos, con quienes establecerán sus reglas de convivencia. Es por esto que es tan importante el valor que se le debe dar al diálogo dentro de las salas de clases, para que sea acá donde su desarrollo social se transforme, considerándose, aceptándose y respetándose, para así recién poder aceptar al otro como ser humano legítimo en el fenómeno social, tal como menciona Humberto Maturana, quien además nos recuerda que la educación es un proceso de transformación humana en la convivencia, dando a entender que es la clave para un desarrollo del aprendizaje íntegro, que además servirá como nuevo modelo para el futuro de nuestra sociedad.

La comunicación es entonces uno de los pilares para el desarrollo educacional que promoverá el aprendizaje, y por lo tanto fundamental para el desarrollo escolar de un ambiente positivo, entendiendo sus respectivos canales para que este fenómeno suceda de la mejor forma, promoviendo el diálogo a través de mensajes claros, que convoquen a través de la práctica, a todo el entorno del estudiante, generando una nueva cadena transformadora y acogedora que logre a través del entendimiento, un mejor lugar para aprender y desarrollarse como ser humano

Comentarios

  1. Saludos,
    Entiendo el asunto de remarcar la importancia de la comunicación en el aula, la posibilidad de disentir. Estoy de acuerdo esa posibilidad. Sin embargo, las particularidades del ejercicio en el aula según lo que propone el texto de Barcena F, Larrosa, J & Mèlich J, nos puede llevar a darle otra mirada a ese ambiente positivo, que considero debe ser cuestionado. ¿Qué es lo positivo? ¿qué es lo íntegro? ¿cómo deben ser las prácticas? La experiencia me dice que la oralidad en el aula termina en un no escuchar sino en hacer parecer el halago o el silencio para no herir el ego del otro. ¿Cómo moderar esta situación? Es el diálogo siempre algo optimista, positivo, donde se dan prácticas transformadoras de manera afable? En este sentido, habría que adentrarnos a estas circunstancias, realidades que requieren de tratamientos didácticos que ayuden a resignificar lo que es el diálogo según los entornos genéricos de la oralidad, también las precisiones sobre el lenguaje, el cómo decirlo y los detalles formales que revisten las escenas de interacción. Quizá eso nos permita que los sujetos tengan una mejor comprensión del acto comunicativo, supriman sus actitudes de arrogancia, sea que existan, y promover una forma de comunicación más ecuánime, donde los actores se reconocen como interlocutores válidos, donde no se anulan por creer tener la verdad, pero tampoco están obligados a adherirse a otras posturas que parten de fundamentos teóricos que no responden a las realidades inmediatas de los actores de la comunicación. La Sistematización de experiencias en los ámbitos de oralidad en el aula tal vez puedan ayudar a revisar estas situaciones. Por lo tanto, estoy de acuerdo en que aprendimos a usar la comunicación pero que no todo está dicho o aprendido y que es un proceso continuo mientras estemos en la sociedad.

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